


Podría decirse que, a partir del momento en que descubrí
ciertas facetas de mi personalidad que desde niña me habían
sido imperceptibles, siempre he considerado que mi peor defecto
es el egoísmo, lo cual convertiría mi profesión en una
curiosa y absoluta ironía, ya que durante los últimos dos
años de mi vida me he dedicado básicamente a servir a otros.
Y debería subrayar con énfasis que no ha sido una cantidad
nada desdeñable: varias decenas de miles de pasajeros en cientos
de vuelos internacionales. Pero aunque la mayoría de la
gente común sospeche que la finalidad de la tripulación de un
avión es la de servir comidas y bebidas, en realidad estarían
incurriendo en un error de juicio causado por una evaluación
superficial y hecha a la ligera. Y es que habría que recalcar, entonces,
que la misión primordial de los tripulantes de cabina,
objetivo para el cual estamos altamente entrenados y preparados,
es la de mantener el orden y el control en caso de cualquier
eventualidad que ponga en situación de riesgo al vuelo,
la nave y/o a los pasajeros. Aún así, debo reconocer que dado
el elevadísimo nivel de seguridad que tienen los vuelos hoy en
día, debido a las rigurosas inspecciones técnicas y exámenes
de control a los cuales se someten las aeronaves y el personal,
finalmente nuestras competencias suelen terminar encajando
en la categoría del servicio y el confort, cuales (relativamente
involuntarios) camareros de los restaurantes del cielo.
Debo admitir que al empezar a trabajar como auxiliar de
vuelo me vi en la obligación de transformar mi carácter por
completo. Para dedicarse a esta profesión uno tiene que mostrar
una gran vocación de servicio y mucha afabilidad para
lidiar con los pasajeros, quienes son la razón de ser de nuestra
existencia a bordo de un avión. Pero cuando comencé a volar
con mi primera aerolínea, yo tenía una forma de ser muy
distinta a la que debería poseer el prototipo ideal de azafata.
Creo que las raíces de este problema se pueden encontrar en
mi infancia.
Nací en el seno de una familia que es economicamente muy pudiente.mi padre es Ingeniero Aeroespacial al igual que mi madre.
Cuando cumplí los 13 años, mi padre me pregunto que queria estudiar al finalizar mis estudios secundarios y muy segura le respondi -quisiera ser azafata y volar por todo el mundo-.
Mi madre, nos crió a
mi hermanito menor,Santiago(17 años) y a mí en una casa que tenemos al sur de Medellin,colombia.Desde
que tengo memoria fuimos tratados como zares. Ella y mi
abuela se aseguraron de facilitarnos en todo momento cualquier
cosa que nos hiciera falta. Nunca tuve que hacer nada
por mí misma ya que habian mucamas que nos atendian todo el dia y por eso empecé a dar este tipo de trato por
sentado. Supuse que así era como debían ser las cosas dado
que mi realidad siempre había sido esa. Estoy convencida de que
fue esta crianza la que dio cabida al surgimiento arraigado
del egoísmo en mi personalidad. Algo contra lo cual he tenido
que luchar intensamente si es que tenía la pretensión de
mantenerme en esta profesión y de llevarla con más facilidad.
Me era completamente inimaginable que otras personas pudieran
tener necesidades tan importantes como las mías, o
más incluso. Pero si bien con el paso de los años, poco a poco
empecé a descubrir y a identificar mis defectos como tales,muchas verdades me golpearon súbitamente y no tuve
mayor opción que la de asumir un cúmulo de lecciones
vitales de un modo profundo e intensivo. Cuando la vida
te enfrenta a una situación tan relevante,creo que es imposible que dicha experiencia
no te cambie de algún modo, haciéndote reflexionar
sobre cosas que nunca pasaron por tu cabeza y arrojando luz
nueva sobre todo lo que existe a tu alrededor y en tu interior,
permitiéndote ver las cosas con ojos distintos.
Fue así que, ya desempeñándome como auxiliar de vuelo,
decidí mejorar mi calidad humana y profesional. Empecé a
anteponer las necesidades de otros por encima de las mías
convirtiéndome a veces en una persona excesivamente complaciente,
para lo cual, hoy en día, voy procurando encontrar
un equilibrio más armónico sin llegar a desbordarme en
ninguno de los dos extremos. También, viviendo sola y lejos
de casa, aprendí a animarme y a sacarme a mí misma de mis
estados tristes y melancólicos. Aprendí a no dejarme derrotar
por las adversidades cotidianas y conseguí ser una persona
más serena y ecuánime, algo muy valioso trabajando en este
oficio. Aprendí a no darle demasiada atención a todo aquello que
no lo merece, y también a resolver mis problemas en lugar
de permitir que me abrumen poniéndome nerviosa o de mal
humor, lo cual me sirvió muchísimo para lidiar con los pasajeros
más complicados y con los avatares de la vida en cabina.
Descubrí mi lado femenino. Dejé de esconderme. En general
decidí convertirme en una mejor persona y, de algún modo,
creo que en retribución empecé a ser más feliz, a desempeñarme
mejor en el trabajo, y consecuentemente a sentirme más
plena y satisfecha con todo a mí alrededor.
A principios del 2007, dejé mi vida en la ciudad de Medellin (Colombia)donde
vivía y con veintidos años y me trasladé a la Ciudad de Buenos Aires,Argentina donde actualmente recido en un piso de la Av.Pueyrredon,en Barrio Norte para empezar una nueva aventura trabajando en
la línea aérea mas grande de Estados Unidos (American Airlines). Gracias a esta profesión he llegado
a recorrer casi la totalidad del mundo. He conocido cuatro
continentes y decenas de ciudades alrededor del globo, como
Shangai, Bangkok, Hong Kong, Singapur, Sydney, Londres,
París, Milán, Frankfurt, Khartoum, Entebbe, Dar es Salaam,
Nairobi, Johannesburgo, Estambul, El Cairo, Doha, Riyadh,
Casablanca, Beirut, Damasco, Teherán, Bombay, Nueva Delhi,
Karachi, entre muchas otras. Un sueño que jamás había
imaginado siquiera y que probablemente nunca hubiera conseguido
de haberme quedado en mi país.
El caso es que a pesar de que muchos crean que durante
su carrera como azafata de vuelo una debe haber llegado
a experimentar las más aterradoras, aberrantes y excitantes
aventuras que puedan concebirse viajando a miles de metros
de altura, tendré que decepcionar a varios confirmando que
la mayoría de esas circunstancias no las suele ver casi nadie en
todos sus años profesionales, y que son acontecimientos que
pertenecen más al ámbito cinematográfico que al de la vida
real, aunque no se pueda negar que muchos de esos relatos que
vemos en las películas de acción realmente hayan sucedido en
la historia de la aviación. En mi caso, yo no podré narrar aquí
las tribulaciones de un aterrizaje forzoso por fallos mecánicas,
o la histeria vivida durante un tenso y largo secuestro a manos
de terroristas, ni la salvación milagrosa ante una precipitada
caída en alta mar por inclemencias de la naturaleza. Quizá lo
más insólito y anormal que me ha sucedido en los años que
he pasado trabajando en el aire hayan sido dos situaciones que me enfrentaron a la muerte. No la mía propia, ni la de los
ocupantes del avión entero, pero si la de un par de individuos
que estaban a bordo de dos vuelos que tuve bajo mi turno.
Ximena
